El último trabajo de Pedro Costa , Ne change Rien, se mueve entre la línea imaginaria que separa al documental y la ficción. Pudiera catalogarse de falso documental, aunque también como un videoclip full-lenght o simplemente como un trabajo de esos “conceptuales”.
El cineasta portugués, realizador de la famosa Casa de lava (1994), reunió en 2009 a la actriz Jeanne Balibar, el ingeniero de sonido Phillippe Morel y un par de músicos desconocidos en una banda ficticia sin nombre, cuyos miembros parecieran condenados, en la película, a tocar y tocar sus instrumentos en sesiones de ensayo, conciertos, grabaciones, lecciones de canto, de Tokyo a Francia y de Regreso, hasta que llegue el último “fade”. Un ensayo cinematográfico sobre el proceso creativo, para algunos, para otros un mero ejercicio de contemplación con un resultado brillante. Sobre todo una obra sorpresiva, plano a plano.
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Después de la realización de Where the wild things are en 2009, Spike Jonze recibió una oferta interesante por parte de la marca Absolut Vodka: realizar un cortometraje de tema libre, financiado por dicha compañía sin importar el costo, a cambio de pequeñas intervenciones con fines de branding que se mantendrían fuera de la dirección creativa del mismo. Un contrato de ensueño.
Así, en 2010, se estrenó en Sundance I´m here: a love story in an Absolut World, corto de 35 minutos escrito y dirigido por Jonze, sin mayor presencia de la marca que el agregado en el título y algunas apariciones sutiles de la imagen de esta bebida (branding, branding…).
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Los cortometrajes son comúnmente vistos como los pininos de un director en el cine, que además contienen las bases de lo que será su futura filmografía. Lo cierto es que así es, sobre todo porque estos proyectos pueden hacerse con un presupuesto mucho menor que el requerido para levantar un largometraje. Pero estos representan, también, microficciones complejas. Como sucede con los relatos cortos en literatura, exigen mucha más atención por parte del espectador, destreza en el uso de las técnicas narrativas para dosificar la información y mantener la tensión, además de requerir un gran trabajo para crear toda una atmósfera interna (un pequeño mundo ahí) cuyo funcionamiento sea comprensible en tan sólo unos cuantos minutos.
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Destrozar los clásicos de la infancia es cosa fácil. Basta con regresar a ellos ya con la amargada madurez de dos o tres décadas encima. Así me pasó cuando quise volver a ver los Thundercats y He-man, para descubrir que lo único que hacen los personajes es caminar y hablar de las cosas más estúpidas. Luego con Corsario Negro, aquel libro de Salgari que leí más de cinco veces cuando recién aprendía a leer, al que regresé sólo para enfrentarme a la dura noción de que aún tratándose de un sangriento libro de piratas, estaba aprendiendo sin darme cuenta (en algún pasajes, mientras el Corsario pelea con sus enemigos, el narrador te explica las caracterísiticas de los reptiles, por ejemplo).
Así, ayer me atreví a revisitar un filme que, siguiendo la premisa de su trama, llegué a ver una y otra y otra vez por aquellos entonces: The groundhog day, conocido acá como Día de la marmota o Atrapado en el tiempo o, el mas elaborado Encantado sr. Destiny, que tiene como protagonistas a Bill Murray y Andie McDowell. Seguro más de uno se acuerda.
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Las posibilidades para tratar un mismo tema son casi infinitas. Aún así, los realizadores a veces terminan reproduciendo las mismas formas y los espectadores, en consecuencia, acabamos viendo una y otra vez la misma película.
Si hay un tema recurrente en la filmografía del siglo XX es el Holocausto. La lista de cintas que han abordado este tópico es impresionante (puede consultarse en este enlace), pero la de obras sobresalientes en esta categoría (ya casi podría llamarse género) es mucho más corta. Una de ellas, sin duda alguna, es Night and fog, un documental francés de 1955 dirigido por Alain Resnais.
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Durante más de 13 años, Timothy Treadwell (Canadá, 1957) vivió durante largas temporadas con los osos de Alaska en el llamado Grizzly Maze. Registró todas sus visitas en video, editó luego con este material algunos documentales para generar conciencia sobre la necesidad de proteger a estos animales. Durante sus expediciones convivió hasta cierto punto con sus “sujetos de investigación”, atreviéndose incluso a tocarlos, a bañarse con ellos, a ponerles nombres ridículos (Señor Chocolate, por mencionar uno), a contarles sus secretos más íntimos, en algún momento llegó casi a creerse miembro de su especie.
En 2003, a Tim se lo comió un oso.
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Si hay un tema característico del cine estadounidense, trabajado con una misma fórmula a la que se le suman o restan componentes, es el de la guerra. En este sentido, con los años se han logrado grandes filmes, pero también sendos contenedores de película desperdiciada en productos de propaganda barata. Se ha explorado este tópico desde casi todo ángulo posible desarrollando incluso una suerte de poética de la guerra, exaltando estas historias hasta el ridículo.
Aún así hace tiempo que no veía una buena cinta bélica de esta nacionalidad. Especialmente sobre la incursión en Iraq, que en otros intentos se intentaba abordar en el mismo tenor que las cintas sobre las guerras mundiales o las de Vietnam, de naturaleza muy distinta, o desde la experimentación sin sustancia. Así hasta que llegó esta en 2009: The hurt locker, una propuesta original desde donde se quiera mirar.
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En un post anterior mencionaba The Road, el último libro de Cormac McCarthy. Gracias a un comentario, aquí en el blog, me enteré de que ya se había lanzado la película. Tras muchas dificultades la conseguí y he de decir que el trabajo me sorprendió.
El libro tiene, ya implícita, una carga visual que hace fácil imaginar la novela ya casi montada en cine. Aún así, la cinta se despega de la pieza original y se puede ver como obra aparte, esto es lo más valioso y lo más complicado en términos de lo que se considera una buena adaptación.
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La alineación de la banda británica de heavy metal, Spinal Tap, siempre está en constante transformación a causa de los extraños accidentes de sus bateristas. Uno murió en un bizarro accidente de jardinería no aclarado nunca, otro ahogado en el vómito de un desconocido, alguno hasta sufrió los efectos de la combustión humana espontánea (simplemente se evaporó en el escenario).
Estoy hablando de la misma banda que inventó los únicos amplificadores que llegan hasta el número 11, que dejó de dar conciertos masivos para hacer toquines “selectivos”, que se pierden en el camino de los camerinos al escenario, que aunque se denominen banda inglesa no tienen un sólo miembro de este país, aquella que en principio se llamaba The Originals y luego cambió a The New Originals (para diferenciarse del proyecto anterior).
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¿Cómo llega un animador a la antigua (de papel y lápiz), que produce mayormente cortometrajes, a ser comparado con Lynch y Kubrick?, ¿cómo logra reunir el mismo número de seguidores que un realizador de cine de renombre con estos cortos?, ¿cómo consigue sobrevivir únicamente de su trabajo como animador, desde los 18 años? Algunas preguntas que habrá que hacerle a Don Hertzfeld, un prodigioso cineasta californiano que, a pesar de su condición de ícono de la cultura pop, sigue sorprendiendo con sus innovadores proyectos.
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Entre los directores de cine estadounidenses, surgidos durante la década de los noventa, hay uno que sobresale por su estilo. Un realizador cuyas obras tienen una estética propia y elementos característicos inconfundibles: el genial Wes Anderson.
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Terminó el 2009 y, en mi humilde opinión, hubo pocas sorpresas en los terrenos de lo cinematográfico. Un año mediocre si me preguntan a mí. No fue hasta el primero de enero del presente que un pedazo de naufragio del anterior encalló por mi ciudad y cambió mi perspectiva, la última película de los hermanos Coen: A serious man.
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Werner Herzog se autonombró, después de filmar Fitzcarraldo, conquistador de lo inútil. En los fragmentos finales de Burden of Dreams, asegura que no lo deberían dejar hacer ninguna otra película, que debería estar en un manicomio.
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En 1977, Werner Herzog inició el proceso de producción de Fitzcarraldo, proyecto que le tomaría cuatro años y culminaría en el lanzamiento de dos películas inseparables. La ya mencionada y Burden of dreams, esta última dirigida por Les Blank que en principio pretendía ser un simple making of pero, dada la naturaleza del proyecto original, terminó convirtiéndose en otra cosa: el registro de cómo un director se convierte en su personaje.
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Mister Lonely
Los trabajos anteriores de Harmony Korine, hay que decirlo, son difíciles de ver. La ironía, en su forma más cruda, es la paleta de colores con la que este director pinta sus visiones decadentes de Estados Unidos.
Se le conoce sobre todo por su peor trabajo: el guión de la película Kids, que escribió a los 18 años allá por 1995. Doce años después es que lanza Mister Lonely, su película más digerible y mejor lograda, que tiene como protagonista a un irreconocible Diego Luna.
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Nunca he sido fan de Robert Redford. Las pocas películas que he visto de él, ya sea como director o como actor, me han alienado lo bastante como para mantenerme alejado de cualquier trabajo suyo. Y no digo que sea malo, aclaro, simplemente es un modelo clásico de lo que Hollywood ofrece dentro de la categoría “Marca propia”.
Con esto como antecedente, después de ver Ordinary People cambié radicalmente de opinión sobre el trabajo de este tipo.
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Hablando de imprescindibles no se puede dejar fuera está película de 1998, una de mis favoritas: The big Lebowski, catalogada como una de las obras maestras de los hermanos Coen quienes, poco a poco, han creado su propio subgénero.
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Monty Python and the holly grail es, sin duda alguna, una de las mejores películas cómicas en la historia del cine.
Proyectada por primera vez en 1975, este fue el primer proyecto fílmico a gran escala del colectivo de humoristas británicos Monty Python. Para el rodaje contaron con un presupuesto diminuto, de alrededor de 150,000 euros, reunido gracias a pequeñas inversiones por parte de algunas bandas como Pink Floyd, Jethro Tull y Led Zeppelin.
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El 20 de Octubre de 2001, en Nueva York, Paul MacCartney organizó un concierto de beneficencia en respuesta a los ataques terroristas de septiembre (The concert for New York city).
Como parte del evento, se proyectaron cortometrajes producidos especialmente para la ocasión, dirigidos por realizadores como Martin Scorsese, Spike Lee y Woody Allen.
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Nota: leer primero la parte 1.
Para Werner Herzog, la única alternativa válida a la realización cinematográfica es cocinar. De ahí, tal vez, la inusual receta con la que preparó su zapato.
En Werner Herzog eats his shoe, el realizador alemán declara que su bizarra apuesta fue hecha con el único fin de motivar a Errol Morris a terminar su película. Para motivar a cualquiera a terminar cualquier película, sin pretextos. Hacerlo y ya.
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En 1980, Les Blank produjo un cortometraje documental en el que puede verse a Werner Herzog comiéndose su zapato en una presentación pública: Herzog eats his shoe (está al final de este post). Esto durante la premiere del documental Gates of Heaven, dirigido por Errol Morris.
El zapato, que estaba aderezado con ajo y especias, fue cocido durante 5 horas. El cineasta no se lo comió completo, claro, dejó fuera la suela. Argumentando que, cuando comes pollo, le quitas los huesos.
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La traducción literal al español, del título de esta película, sería algo así como “Casas vacías”. Sin embargo para su lanzamiento en América Latina, por alguna esotérica razón, se decidieron por El espíritu de la pasión, y en inglés por 3 Iron, que aunque también se aleja mucho del original, tiene mayor relación con el filme: se refiere al palo de golf menos utilizado en el juego (hierro 3), que sin embargo siempre se mantiene en la bolsa del golfista (y que además hace aparición en la trama de esta cinta).
Dirigida por el Surcoreano Kim Ki-duk, que además ha realizado películas como Samaritan Girl (oso de plata al mejor director, Berlín, 2004) y la más conocida Primavera, verano, otoño, invierno… y primavera, que también se distribuyó en México con el título Estaciones de la vida.
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Cuando, en la década de los treinta, el magnate de la prensa William Hearst iba al teatro, compraba una butaca para él y otra para su sombrero. Quería ser presidente. Se había erigido un palacio (uno de muchos) cerca de San Simeón del que Bernard Shaw dijo: “era el lugar que Dios se hubiera construido, de haber tenido el dinero”.
Orson Welles filmó, a sus 24 años y en la misma década, una película que aún está considerada entre las mejores y más importantes en la historia del cine: Citizen Kane, basada en la biografía y el personaje de Hearst. Aún antes de eso ya había conquistado la Radio y los teatros de Estados Unidos.
Sus vidas, aún cuando no estaban sincronizadas temporalmente, estaban predestinadas a chocar, tarde o temprano. Y el choque los destruiría a los dos.
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Yo, Roger (Roky) Erickson, declaro que no soy miembro de la raza humana (no un terrícola). Que soy, de hecho, un alienígena de otro planeta distinto a la Tierra. Espero que esto pruebe a la persona que aplica los electrochoques en mi cabeza que soy un alienígena. Declaro esto sin violar ninguna ley internacional y consto, mediante esta admisión, que soy, de hecho, un alienígena”.
Esta carta de 1975, certificada por un notario de Travis County (Texas), fue producto del arresto de Roky por posesión de un cigarro de mariguana seis años antes. Este solo hecho le valió una condena a 3 años en un hospital psiquiátrico para criminales donde el músico fue sometido a un inhumano tratamiento de electrochoques y Thorazine, además de otros por demás experimentales. Para cuando fue liberado, Roky ya no era el mismo, tanto así que certificó esta declaración y vivió atormentado por voces interiores y entidades imaginarias durante muchos años.
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Película estadounidense del 2005, dirigida por Noah Baumbach y producida por Wes Anderson.
Pertenece a ese tipo de filmes dramáticos que, a pesar de tocar temas fuertes y dolorosos, al final te deja con una sonrisa en la boca. Drama, pero a la vez esa suerte de comedia amarga que, aunque no arranca carcajadas corpóreas, se sigue calificando de hilarante.
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Cada vez más, parece que el arte contemporáneo estira sus brazos hacia lo rebuscado. En pos de la originalidad, los creadores llevan sus piezas a extremos ridículos realizando ejercicios tan complejos que en ocasiones llegan a ser ilegibles (sin razón aparente).
Andy Goldsworthy (Inglaterra, 1956) revienta todas estas nociones en cada una de sus piezas. Su obra es catalogada como land-art, y creada específicamente para habitar en (y con) la locación que la ve nacer. El artista se interna en parajes desolados para trabajar con los materiales que le brinde la naturaleza, o con el mismo paisaje: hojas y ramas, flores, lodo, puñados de nieve, trozos de hielo, árboles, piedras, hierro.
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